Identidad perdida: el mayor rival de la Vinotinto.
LEONARDO ZAMBRANO.
CARACAS – Ya pasado el inmenso guayabo por la dolorosa y desastrosa eliminación de nuestra selección nacional de fútbol del Mundial 2026 en Canadá, Estados Unidos y México, no nos queda más remedio que comenzar a pensar en el 2030 y sus eliminatorias.
Pero antes de planificar el futuro, hay que analizar esta eliminación y tomarla como una lección: identificar lo que no se puede repetir, las concesiones que no deben otorgarse y potenciar lo poco que se hizo bien.
Ni cuerpo técnico ni jugadores pueden recurrir esta vez a la vieja excusa de la falta de apoyo. En esta oportunidad tuvieron todo: respaldo total de la Federación, de la prensa y de una afición que se entregó hasta el último minuto. Hubo hospedajes de lujo, alimentación estudiada al detalle, traslados cómodos, partidos amistosos en cada fecha FIFA y una exposición mediática inédita.
El entorno fue ideal; el fracaso, entonces, fue exclusivamente deportivo.
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Un 2024 para el olvido
Tras un 2023 que nos llenó de ilusiones, llegó un 2024 para el olvido. Los resultados fueron un desastre y, en opinión de este redactor, allí se comprometieron las aspiraciones de clasificación. Nunca existió una identidad de juego definida. Se apostó al pelotazo largo al “9” esperando que resolviera como fuera. Al principio funcionó, pero pronto los rivales descifraron esa fórmula. El cuerpo técnico no supo —o no quiso— hacer variantes tácticas ni ajustar el estilo.
Fue ingenuo pretender dominar así en las eliminatorias sudamericanas. El primer aviso fue aquel partido frente a Bolivia en La Paz, donde se subestimó la altura desde la preparación misma. Después vinieron más errores y omisiones que terminaron por sepultar las esperanzas.
La dirigencia también falló. Tuvo la oportunidad de hacer un cambio a tiempo y no lo hizo. Pero la mayor parte de la responsabilidad recae en el cuerpo técnico y los jugadores.
Y, siendo honestos, también en nosotros: la prensa. No hubo suficiente exigencia ni autocrítica, y eso también cuenta.
No todo es negativo. Hay puntos a rescatar: el aumento del número de jugadores seleccionables desde categorías inferiores es un paso importante. Sin embargo, muchos jóvenes —Segovia, “Tuti” Andrade, Raap, Milani, Kelsy, Martínez, Profeta y otros— no recibieron el respaldo que merecían. El cuerpo técnico insistió en “respetar los procesos naturales”, pero la historia demuestra que los grandes jugadores asumieron responsabilidades desde muy jóvenes.
La Federación debe ser más exigente con los próximos cuerpos técnicos. La experiencia en eliminatorias sudamericanas debe ser un requisito indispensable.
Hay que crear una identidad de juego propia, un ADN futbolístico nacional.
El recambio generacional ya no es una opción: es una necesidad. Deben trabajarse los relevos de quienes hoy tienen 20 o 23 años desde las categorías sub-17 y sub-15, para ampliar el universo de jugadores convocables.
Por lo pronto, en esta fecha FIFA de octubre se nombró a Oswaldo Vizcarrondo como técnico interino. Su convocatoria, plagada de sangre joven, es una señal positiva.
Porque para clasificar a un Mundial no basta con tener buenos jugadores: hay que mejorar la estructura del fútbol desde las bases, fortalecer la liga local —la más débil de Sudamérica—, impulsar el scouteo interno y externo, y darle más visibilidad a lo nuestro por encima de lo foráneo.
Apoyar a nuestra selección es un deber, sí, pero ser críticos también es una forma de apoyar.
Identidad perdida: el mayor rival de la Vinotinto.
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