En tiempos donde el físico perfecto parece formar parte obligatoria del espectáculo, cuesta imaginar que uno de los pegadores más temidos de la historia del boxeo luciera cualquier cosa menos intimidante.
Pero así era Bob Fitzsimmons.
Calvo prematuramente, extremadamente pálido, cubierto de pecas y con unas piernas tan delgadas que utilizaba ropa interior gruesa de lana para disimular la diferencia con su torso musculoso, Fitzsimmons estaba lejos del prototipo clásico del campeón pesado. Sin embargo, apenas comenzaba la pelea, aquella imagen desaparecía rápidamente.
Porque detrás de aquella apariencia extraña se escondía uno de los noqueadores más devastadores que haya conocido el boxeo.
Nacido en Cornwall, Inglaterra, Fitzsimmons emigró siendo niño junto a su familia hacia Nueva Zelanda, donde trabajó como aprendiz de herrero. El oficio terminó moldeando la fortaleza de su tren superior y construyendo la base de la potencia que más tarde lo haría famoso sobre el ring.
Antes de llegar a Estados Unidos ya había disputado decenas de peleas en Australia, incluyendo varios combates a puño limpio, perdiendo solamente en dos ocasiones.
Su irrupción internacional llegó en 1891 cuando derrotó brutalmente al campeón mundial mediano Jack Dempsey —el “Nonpareil” Jack Dempsey, no el legendario campeón pesado de los años veinte— derribándolo repetidamente hasta detenerlo en el decimotercer asalto.
Aquel fue apenas el inicio.
Fitzsimmons decidió desafiar la lógica física del boxeo y comenzó a enfrentar pesos pesados pese a ser, en esencia, un mediano natural que rara vez superaba las 160 libras.
Lo extraordinario era que la diferencia de peso casi nunca parecía importarle.
Tenía una inteligencia ofensiva poco común, gran precisión y una capacidad excepcional para provocar errores mediante fintas antes de descargar golpes demoledores. Su izquierda al cuerpo terminó convirtiéndose en una de las armas más temidas de la época.
En 1897 Fitz protagonizó una de las mayores hazañas de aquellos años al enfrentar al campeón mundial pesado James J. Corbett.
Corbett dominó buena parte de la pelea y llegó incluso a derribarlo, pero Fitzsimmons resistió hasta encontrar el momento exacto. En el round 14 conectó un brutal gancho al cuerpo que dejó al campeón retorciéndose de dolor sobre la lona.
Aquel nocaut convirtió a Fitzsimmons en campeón mundial pesado siendo originalmente un mediano.
Más tarde perdería el título frente a James J. Jeffries, un gigante que lo superaba ampliamente en tamaño y fortaleza física. Pero incluso después de esa derrota siguió construyendo legado.
En 1903 derrotó a George Gardner y conquistó también el campeonato mundial semipesado, convirtiéndose así en el primer boxeador de la historia en ganar títulos mundiales en tres divisiones diferentes.
Mucho más de un siglo después, el nombre de Bob Fitzsimmons sigue ocupando un lugar privilegiado entre los grandes pegadores de todos los tiempos.
No por su apariencia.
Sino porque, cada vez que golpeaba, parecía capaz de derribar cualquier diferencia de tamaño, peso o lógica.