Leyendas del Boxeo

Antonio Esparragoza, un monarca con todas las letras

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Antonio Esparragoza, un monarca con todas las letras

Antonio Esparragoza: un monarca con todas las letras.


Antonio Esparragoza nació en Cumaná el 2 de septiembre de 1959 y todavía hoy, cuando se habla de los grandes campeones que ha dado Venezuela, su nombre obliga a detenerse. No solamente porque fue campeón mundial pluma durante cuatro años, ni porque ganó 27 de sus 30 peleas por nocaut. Esparragoza pertenece a una especie menos común dentro del boxeo: la del peleador que nunca aceptó que su mundo terminara en las cuatro esquinas de un cuadrilátero.

Mientras peleaba, estudiaba Derecho. Leía, conversaba, discutía de política. Había detrás del pegador un hombre inquieto, con opinión propia y una particular manera de entender su responsabilidad fuera del ring. Años después, cuando ya no necesitaba los guantes para que lo escucharan, se involucró directamente en la actividad política de su natal Cumaná. La propia Asociación Mundial de Boxeo registra esa faceta posterior de su vida.

Esparragoza comenzó a boxear a los nueve años. Su padre lo empujó hacia el pugilismo, aunque Antonio era uno de esos niños que quería jugar de todo. Baloncesto, fútbol, voleibol… cualquier pelota servía. Finalmente fueron los guantes los que se quedaron con él.


Fue medallista de bronce en un Mundial aficionado. Fue olímpico. Fue abanderado de Venezuela en Moscú 1980. Fue campeón mundial pluma AMB. En 2013 ingresó al Salón de la Fama del Deporte Venezolano.


Cumaná tampoco era un mal lugar para aprender.

El estado Sucre había construido una tradición extraordinaria en el boxeo venezolano. De allí habían salido campeones, olímpicos y peleadores que hicieron de aquella región oriental una cantera difícil de explicar solamente por estadísticas. Había gimnasios, entrenadores, competencia y, sobre todo, una cultura alrededor del boxeo.

Su carrera aficionada fue extensa. Hay fuentes que contabilizan 125 combates, mientras que el propio Esparragoza ha señalado un balance de 78 victorias y 22 derrotas. Ante esa diferencia, resulta más prudente quedarse con lo comprobable: tuvo una trayectoria amateur de primer nivel internacional.

En 1978, todavía con 18 años, fue al Campeonato Mundial de Belgrado, Yugoslavia. Allí venció al húngaro Peter Palfalvi, avanzó ante el ugandés John Munduga, superó al italiano Carlo Russolillo y llegó hasta las semifinales. El yugoslavo Bratislav Ristić le cerró el camino hacia la final.

Esparragoza regresó a Venezuela con una medalla de bronce mundial. El campeón de aquel peso pluma fue nada menos que el cubano Ángel Herrera.

También ganó el tradicional Box-Am de España, al menos en 1978 y 1980, antes de alcanzar otra de las grandes aspiraciones de cualquier deportista de aquella generación: unos Juegos Olímpicos.


Antonio Esparragoza, un monarca con todas las letras.


El abanderado que no pudo ganar

Esparragoza llegó a Moscú 1980 con una responsabilidad que iba bastante más allá de su pelea. Fue el abanderado de Venezuela en la ceremonia inaugural. Tenía 20 años.

Ese dato ayuda a colocar en perspectiva lo que ya representaba dentro del deporte venezolano antes de convertirse en profesional. No se escogía al muchacho de Cumaná solamente porque prometía. Ya tenía una medalla mundial y un recorrido internacional que justificaba entregarle la bandera nacional.

Los Juegos, sin embargo, fueron ingratos con él.

Quedó libre inicialmente y en su primera presentación perdió por decisión 4-1 frente al británico Peter Hanlon. Mientras su compatriota Bernardo Piñango avanzaba hasta conquistar la medalla de plata, Esparragoza tuvo que guardar temprano los guantes.

El fracaso olímpico —porque seguramente él lo sintió así— no terminó siendo el final de nada.

Siete meses después comenzó otra vida.


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Aprender perdiendo

Debutó como profesional el 24 de febrero de 1981, en Cumaná, noqueando en dos asaltos a Anthony Wanza.

Ganó sus primeras cuatro peleas por nocaut. Entonces apareció Ángel Torres.

Torres lo noqueó en seis asaltos en febrero de 1982. Era apenas la quinta pelea profesional de Esparragoza y la primera vez que el boxeo rentado le mostraba los dientes.

Cinco meses más tarde volvieron a encontrarse. Esta vez ganó Esparragoza por nocaut en nueve.

Ese episodio explica mejor su carrera que muchos elogios. Al primer hombre que lo derrotó, lo buscó nuevamente y lo venció.

Después se cruzó con Bernardo Piñango, su compañero de generación olímpica. Empataron a diez asaltos en octubre de 1982. Años después los dos serían campeones mundiales.

Esparragoza fue creciendo sin estridencias. Peleaba, estudiaba y esperaba.

El Derecho no era una pose para la fotografía. Llevó esa carrera académica paralelamente a su actividad deportiva. Esa formación ayuda a entender por qué, cuando hablaba, difícilmente se comportaba como un hombre al que solo interesaba recordar sus nocauts.

Mientras tanto, en el gimnasio apareció otra figura decisiva: Amílcar Brusa.

No hacía falta explicarle a un boxeador latinoamericano quién era aquel argentino. Brusa había construido junto a Carlos Monzón uno de los campeonatos más impresionantes de la historia y terminó formando o dirigiendo a numerosos campeones mundiales. Entre ellos estuvo Antonio Esparragoza.

Esparragoza podía desplazarse, tenía buen sentido de la distancia y sabía preparar los golpes. No necesitaba entrar desesperadamente a buscar el nocaut. Muchas veces el nocaut terminaba encontrándolo a él.


Antonio Esparragoza, un monarca con todas las letras.


Una noche en Texas

El 6 de marzo de 1987 llegó finalmente la pelea que llevaba años esperando. No fue en Caracas. Ni siquiera en Venezuela.

Tuvo que viajar al Will Rogers Coliseum de Fort Worth, Texas, para enfrentar al campeón mundial pluma de la AMB, Steve Cruz.

Cruz venía de una victoria enorme. Había destronado al irlandés Barry McGuigan en Las Vegas y llegaba como dueño de una corona que Esparragoza llevaba años persiguiendo. El venezolano tuvo paciencia.

La pelea llegó hasta el duodécimo asalto y entonces apareció la mano que había viajado desde Cumaná.

Una izquierda derribó a Cruz. El campeón se levantó, pero Esparragoza percibió inmediatamente que la pelea estaba allí. Volvió sobre él, soltó las manos y obligó al árbitro a intervenir.

Se acabó.

Antonio Esparragoza era campeón mundial pluma.

Tenía 27 años. Habían pasado seis desde su debut profesional y nueve desde aquella medalla de bronce en Belgrado. Conseguir el campeonato había sido difícil. Conservarlo sería todavía más complicado.

El campeón de la maleta

Hay un detalle extraordinario en el reinado de Antonio Esparragoza: prácticamente tuvo que recorrer el mundo para defenderlo.

Su primera exposición fue en Houston frente al mexicano Pascual Aranda. Lo noqueó en diez asaltos.

Después llegó Marcos Villasana en Los Ángeles. Aquello fue otra cosa. Villasana era duro, insistente y peligroso. Después de doce asaltos hubo empate y Esparragoza conservó el cinturón.

Luego comenzó una gira que hoy parece difícil de imaginar para un campeón establecido.

  • En Italia, noqueó en ocho al panameño José Marmolejo.
  • En Japón, acabó en diez con Mitsuru Sugiya.
  • En Bélgica, despachó a Jean-Marc Renard.
  • En México, noqueó en cinco a Eduardo Montoya.
  • Y en Corea del Sur, venció por decisión a Chan-Mok Park.

De sus siete defensas exitosas, seis terminaron por nocaut.

El final llegó el 30 de marzo de 1991, también en Corea del Sur.

Yong-Kyun Park era incómodo, atacaba desde ángulos poco convencionales y terminó convirtiendo la pelea en una noche difícil para el venezolano. Muchos años después, cuando The Ring pidió a Esparragoza identificar las mejores cualidades de los rivales que había enfrentado, escogió precisamente a Park como el hombre con la mejor defensa, el más difícil de encontrar con sus golpes.

Park ganó por decisión unánime. Y allí terminó todo.

No hubo gira de despedida. No escogió un adversario cómodo para retirarse ganando. No necesitó acumular derrotas para comprender que había llegado la hora.

Tenía 31 años, hoy tiene 66.

Su récord quedó en 30 victorias, dos derrotas y cuatro empates, con 27 nocauts. De 30 hombres a los que derrotó, solamente tres llegaron al final.


Antonio Esparragoza, un monarca con todas las letras.