Leyendas del Boxeo

Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras

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Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras.

Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras.


«Se llama Wilfredo Gómez y será campeón mundial». Con esta frase tituló el periodista Alí Ramos su crónica en el diario El Nacional de Caracas, tras la final del peso gallo del Campeonato Mundial de Boxeo celebrado en La Habana en 1974.

Se refería a Wilfredo Gómez, quien, con apenas 17 años, noqueó en la final al cubano Luis Jorge Romero. Fue tal su exhibición que hasta el propio dictador Fidel Castro quedó maravillado con su estilo, según reportes periodísticos de la época.

Alí Ramos no se equivocó. Gómez no solo fue campeón mundial, sino que conquistó títulos en tres categorías diferentes, en una época en la que el boxeo era boxeo y no existían tantas evasivas. Peleaban los mejores contra los mejores.

Aquella crónica, aunque todavía no ejercíamos el periodismo, nos animó a seguir la carrera de este extraordinario peleador, quien, para este cronista, es el mejor boxeador puertorriqueño de todos los tiempos. Eso es lo que pretendemos demostrar en este trabajo.

Y perdonen la falsa modestia, pero, por la cercanía que tuvimos con Gómez y el seguimiento que hicimos de su trayectoria, creemos que somos pocos los que podemos escribir y describir hoy su recorrido con el conocimiento de haberlo vivido de cerca.

Cada vez que fallece un grande del boxeo renace el instinto de convertirlo en leyenda, algunas veces sin méritos suficientes. Este caso, sin embargo, no admite discusión.

Gómez no solamente es una leyenda: tiene todas las credenciales para ser considerado el mejor boricua de todos los tiempos y el mejor supergallo de la historia.

Los números no mienten. Cuando dejó vacante el título de las 122 libras, su récord era de 38 victorias, una derrota y un empate, con sus 38 triunfos por nocaut. La única derrota había ocurrido en el peso pluma ante Salvador Sánchez, mientras que el empate se produjo frente a Jacinto Fuentes en su debut profesional. Dentro de aquel impresionante recorrido también quedaron sus 17 defensas exitosas de la corona supergallo, todas ganadas antes del límite, una marca histórica para la división.


Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras.


El Niño de Las Monjas

Con un palmarés de semejante magnitud, el apodo de «Bazooka» le venía al pelo. También era conocido como el «Niño de Las Monjas», en referencia al barrio donde nació.

Su carrera boxística fue meteórica. La calidad que exhibió desde muy joven aceleró su ascenso: a los 17 años fue campeón mundial aficionado y, a los 20, monarca mundial profesional.

Representó a Puerto Rico en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, pero quedó eliminado en su primera pelea tras una decisión muy dudosa ante el egipcio Mohamed Selim, en el peso mosca. Posteriormente se reivindicó al proclamarse campeón mundial aficionado en La Habana.

Cumplido su ciclo en el boxeo aficionado, dio el salto al profesionalismo y comenzó a construir la trayectoria que terminaría llevándolo al Salón Internacional de la Fama del Boxeo.

Imbatible en las 122 libras

Gómez tiene que ser considerado el mejor supergallo de la historia. No solo por sus números, sino también por la calidad de los rivales que enfrentó.

Debutó en Panamá el 16 de noviembre de 1974 con un empate ante Jacinto Fuentes. Una vez superada la presión de aquella primera pelea, hilvanó 15 victorias consecutivas, todas por nocaut, hasta que recibió la oportunidad de disputar en San Juan el título mundial supergallo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) ante el surcoreano Dong Kyun Yum.

Aquella noche, Wilfredo demostró que no era una promesa pasajera, sino un peleador llamado a hacer historia. Noqueó al asiático en el duodécimo asalto ante la locura de un público enardecido por el nacimiento de su nuevo ídolo.

Durante su reinado, el «Bazooka» despachó antes del límite a sus adversarios en las 17 defensas de la corona. Y aquellos rivales no fueron cualquier cosa. Entre ellos figuraron Royal Kobayashi, Juan Antonio López, Sakad Petchyindee, Juan «Kid» Meza, Carlos Zárate, Leo Cruz, Lupe Pintor, Derrick Holmes y «Pambelito» Cervantes.


Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras.


Su incursión en el peso pluma

Ante la necesidad de continuar creciendo, y después de haber barrido la división, Gómez asumió el reto de enfrentar al mejor peso pluma de la época y a uno de los grandes de la historia: Salvador Sánchez.

Fue una pelea promovida por Don King y presentada como «La batalla de los pequeños gigantes».

«La batalla de los pesos pequeños» fue un suceso en Caesar Palace de Las Vegas.


En el papel, Sánchez-Gómez era una pelea competitiva y el boricua partía, con algunas reservas, como favorito. El mexicano representaba su equivalente en la división inmediata superior y venía de una impresionante seguidilla de nocauts.

Wilfredo aparecía favorecido por su poder y jerarquía, pero, además de Sánchez, tenía un rival oculto: un cóctel nefasto compuesto por la fama, el dinero y las malas compañías.

Esa combinación le restó enfoque en el gimnasio y transformó su vida en una aventura social. Entrenó más para rebajar que para afinar sus condiciones y, por supuesto, no subió al ring en su mejor forma, sin que ello reste méritos a la victoria de Sánchez.

El resumen de la pelea es sencillo. No hubo asalto de estudio y los protagonistas salieron de inmediato a desarrollar sus respectivos planes. Gómez comenzó goloso, dispuesto a comerse al mexicano, pero Sánchez no se dejó intimidar. Frío y calculador, lo sorprendió con un gancho de izquierda que lo envió a la lona y lo dejó severamente lastimado.

A partir de aquel «madrugonazo», el mexicano aplicó la misma receta que lo había hecho célebre desde los días en que destronó a Danny «Coloradito» López. Agresivo y calculador, fue desgastando al boricua, a quien le tocó atravesar un verdadero viacrucis.

En el octavo asalto, con el rostro amoratado, Gómez sucumbió ante la impresionante frecuencia y variedad de los golpes del campeón. Allí terminó pagando la osadía de subestimar al rival. Esa fue la verdad.

Gómez perdió ante Sánchez, pero conservó su corona de las 122 libras, que defendió en otras cuatro oportunidades. La última fue frente al duro mexicano Lupe Pintor, a quien noqueó en el decimocuarto asalto de una de las mejores batallas vistas hasta entonces en la división.

Ese fue su último combate en las 122 libras. Al dejar vacante la corona, su récord era de 38 victorias, una derrota y un empate, con sus 38 triunfos por nocaut.


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Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras.


La caída ante Azumah Nelson

Después de volver a barrer su división, Wilfredo necesitaba intentarlo una vez más en el peso pluma. No hubo revancha con Salvador Sánchez porque el mexicano falleció trágicamente y el título terminó en manos de Juan Laporte, boricua afincado en Nueva York.

Finalmente, al «Bazooka» se le dieron las cosas y enfrentó a su compatriota el 31 de marzo de 1984 en el Coliseo Roberto Clemente. Fue un combate muy exigente, pero Gómez se impuso por decisión y conquistó su segunda corona en una categoría diferente. Aquella fue una de las dos victorias de su carrera que no consiguió por nocaut.

Sin demasiada espera ni protocolos, aceptó enfrentar a otro de los grandes peleadores de aquella época: el africano Azumah Nelson, quien lo derrotó en el undécimo asalto de una emotiva batalla disputada en San Juan y le arrebató el cinturón conquistado ante Laporte.

Fue una derrota difícil de asimilar frente a su gente, pero todavía no era el final.


Tercera faja en una categoría diferente

Un peleador de su estirpe estaba hecho para escribir historia. Historia de verdad.

Ante la imposibilidad de mantenerse en el peso pluma, decidió subir a las 130 libras y buscar la corona de la Asociación Mundial de Boxeo ante el estadounidense Rocky Lockridge, un adversario incómodo, solvente, veloz, técnico y con un buen récord, avalado incluso por una victoria sobre Roger Mayweather.

Lockridge aceptó viajar a Puerto Rico y allí dejó el título. La pelea terminó por decisión dividida a favor de Gómez, en un combate muy cerrado en el que el boricua volvió a demostrar su garra y entrega para conquistar su tercera corona mundial, esta vez la superpluma de la AMB. Sin duda, la localía fue determinante.

Gómez volvió a la fama, a la gloria… y a la vida disipada. Eran del conocimiento público sus fiestas en Flying Saucer, el local de su propiedad en Isla Verde, donde despachaba noche tras noche acompañado por los aduladores que siempre surgen alrededor de las grandes figuras. En aquel tiempo era genio y figura. Una celebridad.

A ese ritmo, Gómez estaba sobreexigiendo su cuerpo. Fue entonces cuando, por invitación del presidente de la AMB, Gilberto Mendoza, decidió establecer su cuartel general en la ciudad venezolana de Maracay, en el emblemático Hotel Pipo.


Wilfredo Gómez: nadie como él en las 122 libras.

En 1985, un adolescente Gilberto Jesus Mendoza, hoy presidente de la WBA, hacía guantes en el Hotel Pipo de Maracay con Wilfredo Gómez.


Alejado del mundanal ruido y apoyado por el entrenador venezolano Héctor Criollo, Wilfredo se preparó para su primera defensa ante el panameño Alfredo Layne, quien lo noqueó en el noveno asalto.

Definitivamente, el «Bazooka» ya no era el mismo. Sus condiciones estaban mermadas.

¿El mejor boricua de la historia?

Este trabajo, además de rendir tributo a una gran figura, pretende sustentar nuestra opinión. A nuestro juicio, Wilfredo merece ser considerado el mejor boricua de la historia, en un país que ha producido figuras extraordinarias como Carlos Ortiz, Esteban de Jesús, Alfredo Escalera, Félix «Tito» Trinidad, Wilfred Benítez, Héctor «Macho» Camacho, Miguel Cotto, Edwin Rosario e Iván Calderón, entre muchos otros.

La verdadera élite del boxeo boricua. La crema y nata.

Calderón también sumó 17 defensas, pero repartidas entre dos divisiones. Trinidad fue un extraordinario multicampeón; Camacho fue genio y figura; Benítez, el primero en obtener un título mundial a los 17 años. Pero nadie consiguió lo que alcanzó Wilfredo Gómez. No existe un récord que pueda compararse con el suyo.

Un apodo bien representado

El apodo no pudo ser más preciso. Wilfredo Gómez fue una verdadera «Bazooka» sobre el ring. Su récord y sus nocauts hablan por sí solos.

Pero no fue únicamente un pegador demoledor. También se caracterizó por su buen boxeo. Cuando no salía a liquidar al adversario, exhibía un movimiento de cintura excepcional. Su weaving era preciso y habilidoso, lo que le permitía esquivar y contragolpear.

Cuando se le plantaban rivales duros como Lupe Pintor y Carlos Zárate, ponía a prueba su mandíbula, pero nadie resistía sus contragolpes ni sus ganchos. Su capacidad para combinar fue casi perfecta y, sobre todo, le sobraba el atributo más importante en un deporte de contacto: el arrojo.

Sin duda, representó la viva esencia del valiente indio taíno de la Isla del Encanto.

Hoy, en la era de Naoya Inoue, Wilfredo Gómez todavía presenta números superiores a los del japonés en esta división, lo que permite ubicarlo como el mejor boxeador de las 122 libras de la historia.

Corresponde a la crítica boricua decidir si, efectivamente, el «Bazooka» fue el mejor pugilista de Puerto Rico, pero los números presentados en este trabajo no admiten discusión.

Descanse en paz el «Niño de Las Monjas».

Grande, Wilfredo Gómez.


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